En la mañana del 12 de agosto de 1775, el ballenero groenlandés Herald estaba intentando cruzar el Atlántico Norte cuando el silencio glacial fue interrumpido por un grito del vigía. Al parecer, al frente y al Oeste, por encima de un iceberg, podían verse las puntas de unos mástiles de un barco, a unos diez kilómetros de distancia. El capitán, a través del telescopio, pudo constatar que no había señales de vida, ya que las velas estaban desechas y todo el barco brillaba curiosamente bajo el sol, pero cubierto completamente de escarcha.
El capitán ordenó acercarse y empezó a gritarle a la tripulación de la extraña embarcación, pero nadie respondió. El barco, que era una goleta, seguía su camino sin nadie a bordo. “Bajen la lacha”, ordenó el capitán Warren. “Echaré un vistazo”. La tripulación no tenía las más mínimas intenciones de aventurarse en dicho barco, pero el capitán comenzó a gritarles y se vieron obligados a aceptar. El capitán y ocho hombres más se acercaron remando hasta la proa del barco, donde podía leerse “Octavius”. Nadie había oído hablar de ese barco jamás.
El capitán, con cuatro de sus hombres, decidió subir a bordo. Tras abrirse camino a través del hielo, decidieron bajar a los camarotes, donde encontraron a 28 hombres congelados. Cada uno acostado en su litera y cubierto por capas y capas de ropa. El frío había conservado sus cuerpos en perfecto estado y parecía que simplemente dormían la siesta. Lo mismo ocurría con el capitán, su cuerpo estaba sentado en una silla frente a su escritorio, con las manos entrelazadas sobre las piernas. Otro hombre había muerto intentando encender un fuego, ya que sostenía un pedernal y una barra de metal. Debajo de la chaqueta del hombre estaba el cuerpo de un niño abrazado a su muñeco de trapo.
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